Alas en mi corazón: Beatriz Jiménez Campo
Ficha de nuestra Socia
Datos Importantes
| Nombre | Beatriz Jiménez Campo |
|---|---|
| Formación | Bióloga y Química con posgrado en Etnobiología |
| Inicios | A los 6 años en las montañas del norte del Valle del Cauca; pajarera en campo desde 1992 |
| Rol en DACNIS | Impulsora de la creación de la Sociedad Vallecaucana de Ornitología en el Global Big Day |
| Aves Emblema |
|
| Planta Clave | Camarón Amarillo (Pachystachys lutea) |
| Filosofía | «Las aves nos cambian la vida.» |
Infancia en las montañas y la «Doctora de las aves»
Fui una niña bastante cosmopolita, viví en diferentes ciudades en Colombia; en tiempo de vacaciones o mudanza mis padres me enviaban a casa de los abuelos en un pueblo en las montañas del norte del Valle del Cauca; lo pienso y me hace muy feliz recordar mis primeros inicios con las aves desde que tengo uso de razón, a los seis años de edad, cuando aún no sabía que iba a hacer en el futuro.
Siempre he sido muy observadora y tranquila. Las plantas de Camarón Amarillo (Pachystachys lutea), que mi abuela tenía en su jardín, no se escapaban de mi mirada, de mis ojos vibrantes al ver cómo los colibríes destellaban colores en su plumaje, libaban en sus flores blancas y yo como colibrí probaba el dulce sabor del néctar. Pero más feliz me hacía ser la Doctora de las aves que mi abuelita cuidaba: iguazas, patos, pollitas, palomas, torcazas, azulejos, canarios, mirlas; a todos les alimentaba sus polluelos, curaba sus heridas con polvo de ambramicina y daba respiración boca a pico al Compás (Semnornis ramphastinus) cuando le daba el “ataque” y lo revivía. De una guacamaya, que vivió 35 años, aún conservo sus plumas intactas, me encanta guardar plumas y nidos que se han caído.
De la tierra roja de cafetales a la Etnobiología
También recuerdo la finca del tío Diofa en la montaña fría de tierra roja, tal como donde vivo desde hace más de 20 años; allí entre cafetales, aguacates y bosque espeso observaba diversidad de aves. En la finca ganadera de la tía Luisa, rodeada de bosque seco tropical, abundaban garzas, sirirís y muchas aves rapaces. En Bogotá acampaba en el jardín y observaba junto a las rosas cómo el gorrioncito (Zonotrichia capensis) saltaba de un lado a otro.
He tenido una fascinación especial por la naturaleza: estudié Biología y Química y luego un posgrado en Etnobiología. En el año 92 conocí a mis amigos pajareros y me parecía increíble que alguien más hablara el mismo idioma de aves; viajamos en busca de nidos del Gallito de Roca (Rupicola peruviana), para verificar uno de los roles más importantes de esta ave como dispersor natural de semillas silvestres.
El canto sanador del Colibrí y el vuelo hacia el Cóndor
Ellas, mis consentidas aves, siempre han estado en todos los episodios de mi vida, en los buenos y en los no tan buenos, creo firmemente que son sanadoras y tengo testimonios cercanos de curación y el mío propio. Hace unos años tuve un diagnóstico de cáncer al que llamé “mi ave”; recuerdo que hice un escrito semejando la emigración de “mi ave” y la migración de las aves: fue hermoso y sobre todo muy sanador. Poco a poco el dolor fue mermando, el dolor se olvida pero los colibríes no.
En mi última quimioterapia de la cual no quería levantarme de la cama, mi esposo Richie me decía “vamos, vamos es la última” y yo totalmente negada a ir y sin fuerza; simultáneamente, por la ventana llegó un nuevo silbido que me impulsó a levantarme a mirar, y por primera vez era el Colibri coruscans cantándome, “oye es la última, ve y listo”. Porque literal las aves cantan para ti. Mi primera salida después de este proceso fue ir a Puracé a ver el Cóndor Andino.
El nacimiento de DACNIS y el viaje sin afán
En una celebración del Global Big Day impulsé la creación de la Sociedad Vallecaucana de Ornitología DACNIS. Viajo constantemente a diferentes lugares de Colombia y otros países, voy armada de mis binóculos, colecciono momentos vividos y los fabulosos recuerdos como cuando lloro por ver un ave nueva, voy a paso lento y seguro, poco a poco, aprendiendo y observando cada día sin afán, sin reprocharme por saber más o menos, aprendiendo cada día de los demás, cultivando mi jardín de plantas y mi jardín interno de más experiencias vividas, cada día siendo mejor persona sin prejuicio, con humildad, disfrutando de la gente bonita.
Las aves me han enseñado a viajar liviana, a escuchar, a callar y a cultivar la virtud de la paciencia en alto grado. Las aves nos cambian la vida.